Sus calles, cafés y aparadores son el mejor indicador de lo que están haciendo las mentes creativas de la ciudad. Y su avenida Saint Laurent, un collage de las inmigraciones judía, portuguesa, griega, china y, la última, de jóvenes artistas que han hecho de estos barrios su casa.
En esta ciudad de aspiraciones parisinas y afortunadas mezclas étnicas hasta los víveres más baratos -bagels, croissants o papas fritas- son ubicuos y deliciosos. Pero además hay bistros de barrio entrañables y cocinas como las de Chez L'Épicier y Cube, que por sí mismas justifican.
Son emblemáticos los domingos en el parque Mont Royal, donde jóvenes -nacidos en los ochenta- en camisetas del Che y Bob Marley, bailan a ritmos africanos. Hay espacios para caminar o andar en bicicleta, un lago y un chalet con hermosas vistas. En el parque Lafontaine hay conciertos y danza en verano; el Laurier tiene una alberca pública, y el Jean Drapeau, un par de museos y acceso al río.
La historia de Montreal se siente entre los hermosos edificios de piedra del viejo puerto. Es la parte turística, donde se venden las botellitas de jarabe de maple y se ofrecen recorridos en carreta. Pero un paseo por el río o por las callecitas bordeadas de galerías y cafés siempre cae bien.
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